“El único maestro del que merece la pena aprender es tu enemigo.”

Retrospec… ¿qué?

Sí, vamos a estrenar una nueva categoría, y usando una palabra de niños mayores además. Cuando publiquemos una retrospectiva nos dedicaremos a hablar con mayor profundidad de la habitual de algún producto que consideremos que merece más atención. Normalmente habrá algún que otro destripe menor de la historia, aunque nunca será nada especialmente importante.
Vamos a estrenarnos con una saga de ciencia ficción mítica: la Saga de Ender, de Orson Scott Card.

Aunque han surgido varios libros adicionales con el tiempo, la saga principal la componen cuatro libros: El juego de Ender, La voz de los muertos, Ender el xenocida e Hijos de la Mente. Todos ellos, en mayor o menor medida, giran en torno a la vida de Andrew Wiggin, apodado Ender (“Terminador” o “Finalizador”, por dar alguna posible traducción horriblemente incorrecta en castellano), el cual es usado como un arma por el ejército para combatir una amenaza extraterrestre y, años después, pasa a dedicar todo su tiempo intentando expiar sus pecados. Aunque se atenúa en los siguientes libros, podría decirse que es incluso una deconstrucción del personaje, pues se dedica buena parte a estudiar la evolución psicológica, ética y moral de Andrew, desde su niñez hasta su vejez.

El primer libro, El juego de Ender, nos relata cómo la humanidad se encuentra al borde de una segunda guerra contra una fuerza de alienígenas los cuales, a falta de un nombre formal, son apodados “Insectores” o “Fórmicos”, debido a las similitudes que presentan con las hormigas de nuestra Tierra. El gobierno, consciente de que sus fuerzas palidecen ante las del enemigo, instaura un sistema de instrucción espartano con el que poder poner a prueba a los niños más prometedores para transformarlos en los mayores genios militares que haya conocido la humanidad. En este ambiente aparece Andrew Wiggin, el más joven de tres hermanos, que será puesto a prueba de las maneras más retorcidas y crueles para transformarlo en el arma que tan desesperadamente necesita el ejército. Desafiando su todavía infantil mente aparecerán múltiples escenarios hostiles que Andrew deberá superar con todos los escasos recursos a su alcance, y, para horror del lector, se irá contemplando como poco a poco, golpe a golpe, este niño va creciendo y convirtiéndose en el soldado que se estaba buscando.

Por otro lado, en una trama paralela, están Peter y Valentine, los hermanos mayores de Ender. Ambos demostraron ser tan brillantes como él, pero debido a sus temperamentos fueron excluídos del programa de entrenamiento. Peter, el primero en nacer, es un niño sádico y agresivo, sediento de poder. Valentine, por otro lado, es el contrapunto a Peter: es demasiado compasiva y conciliadora. En ausencia de su hermano pequeño Peter arrastra a su hermana a un retorcido plan con el que, usando los medios de comunicación, manipulará las visiones del público y las decisiones de los políticos para moldear el mundo a voluntad. Lo realmente sorprendente de este plan no es lo megalómano y fantasioso que suena, si no que te descubres contemplando con miedo la posibilidad de que, de hecho, este pequeño monstruo consiga lo que se propone.

Es un libro realmente valioso por los temas tan escabrosos que toca. El poder de los medios de comunicación, y cómo manipulan y tergiversan la información y, por extensión, también al público. Las medidas draconianas que asumen los instructores de estos niños para romperlos y manipularlos de mil maneras diferentes, escudándose en su necesidad. Desde los ojos de Ender vemos cómo una criatura inocente se va transformando y se va haciendo más calculador, más frío y más decidido a hacer lo que se espera de él. También surgen varias preguntas, ninguna de ellas fácil: ¿Sería lícito el uso de niños soldado en una situación tan extrema como la que se presenta? ¿Podría considerárseles culpables de los crímenes que vayan a cometer en período de guerra, o, dado que han sido manipulados, debería vérseles como inocentes? Y, quizás, la pregunta más corrosiva: ¿Hasta qué punto podría usarse la excusa de la manipulación? ¿Es la determinación a eliminar al enemigo, a acometer atrocidades contra él, fruto del entrenamiento al que se les ha sometido, o es en cambio inherente a ellos?

Comprensiblemente, El juego de Ender fue un tremendo éxito, tanto a nivel de crítica como de público, y la secuela ya estaba de camino. ¿Como se seguiría la evolución de Andrew?

Entra en escena El portavoz de los muertos. Para la sorpresa inicial de muchos, los eventos de este libro no transcurrían un par de años después del Juego de Ender, o ni siquiera unas decadas, si no tres mil años en el futuro. Pese a esto Andrew sigue vivo, mediante un inteligente uso del viaje espacial relativista presente en este universo.
Debido a los numerosos viajes realizados a velocidades próximas a la luz, Ender se encuentra dando clases en el planeta Trondheim, con tan solo 35 años vividos, pero con 3000 a sus espaldas. Rompiendo la relativa estabilidad de su vida llegan a él historias sobre Lusitania, un planeta recientemente colonizado y en el que, para sorpresa de todos, se ha hecho un descubrimiento demoledor: la existencia de otra especie inteligente alienígena, la única desde los Insectores. Ansioso por evitar que se repitan los errores del pasado, viaja allí con la esperanza de aprender más acerca de los “pequeninos”, como así se les ha llamado.
El cambio de registro de El juego de Ender a este libro es más que considerable. Se abandona el estilo tan psicológico e incluso frío del anterior para dar paso a una temática mucho más filosófica, con reflexiones acerca del comportamiento humano y sus relaciones, junto con una presentación de personajes emocionalmente complejos y sutilmente retratados. Todo esto se repitiría, pero en mayores dosis, en el siguiente libro, Ender el xenocida, el cual también incluye todo un estudio acerca de la manipulación de la religión dentro de la sociedad. A mi rigor es, al igual que los anteriores, excelente. Bueno, excelente exceptuando… el último cuarto del libro, más o menos. Ahí es cuando las cosas empiezan a volverse muy raras. Y teniendo en cuenta que estamos hablando de la historia de una persona que se dedica a viajar entre planetas para terminar dialogando con alienígenas, eso ya es decir algo.

El último cuarto del libro de Ender el xenocida sirve básicamente como puente para su secuela directa, Hijos de la Mente, cuyo título es más literal de lo que se pueda pensar. ¿Es malo? No, en absoluto. Sigue presentando grandes dilemas y preguntas alentadoras sobre el ser humano y el funcionamiento del mismo. Ahora, ¿la ejecución de todo este planteamiento? Rara. De cojones. Especialmente para una saga como esta, dado que buena parte de esa sensación viene de que nunca te esperarías encontrar algo así aquí. Que el final, aunque elaborado, parezca más bien un “Deus ex Machina” disfrazado no ayuda, claro. Aun así, esto no debería desalentar a lectores potenciales. Al fin y al cabo, lo que a mí me pueda parecer una inclusión extraña en la saga a otro bien puede parecerle la obra de un genio. Y, hablando de genio, ha llegado la hora de hablar del elefante en la habitación, como dirían los angloparlantes.

El autor, Orson Scott Card, ha recibido numerosos premios y elogios por su trabajo con Ender, y no sin razón. Es una saga que desmitifica el que la ciencia ficción sea un género menor o pueril, y mantiene el peso donde es más importante: en la historia y, sobre todo, en los personajes. Andrew Wiggin demuestra ser un ser bondadoso torturado por su pasado, y a través de todos los libros se muestra su carácter tolerante y su mente abierta, pues es con sus pensamientos y sus acciones con las que se denuncia la xenofobia inherente al ser humano, representada en esta saga con la relación con los alienígenas.
Es por todo esto y más por lo que no puedes evitar cierto sentimiento de traición al descubrir las convicciones antihomosexuales tan férreas de este señor.

Hay que comprender que Orson es un devoto seguidor de la fe mormona. De hecho, no es difícil enlazar el ambiente de Lusitania presentado en El portavoz de los muertos con sus vivencias como misionero en Brasil. Dadas sus convicciones religiosas no es extraño ver que se oponga al matrimonio homosexual, dado que su concepto del matrimonio bien puede diferir del de otros, pero sí que sorprende su posición tan activa y agresiva al respecto. Si bien se ha retractado de algunas cosas en los últimos años, leer afirmaciones escritas por su propia mano como que la homosexualidad está ligada con la parafilia, o que es una condición psicológica nacida del abuso infantil, sorprende. Soprende porque uno de los mayores mensajes de la Saga de Ender es el de la aceptación hacia las personas, el de dejar de lado las diferencias y poder relacionarse sin miedo.

De hecho, su posición tan abierta con este tema atrajo cierta polémica y ciertos problemas sobre la reciente adaptación de El juego de Ender (2013), de Gavin Hood. Un movimiento pro-gay trató de boicotear el rodaje, debido a las opiniones y acciones tan contundentes de Orson Scott Card. Llegó tan lejos que los productores tuvieron que decir oficialmente que no compartían las opiniones del autor del libro, y que su acreditación como productor de la película era simplemente honorario.

Pero basta ya de hacer sangre. ¿Es la Saga de Ender menos merecedora de atención por las opiniones de su autor? En absoluto. De hecho, como ya he dicho, no hay a primera vista ninguna traza de dichas opiniones, más bien todo lo contrario. No considero justo demonizar un producto por las opiniones del autor; si quieres criticar algo, critica el mensaje que ofrece la obra en sí, y no la de su creador. Una película, una serie, un juego o un libro, o una saga de ellos como en este caso concreto, debe hablar por sí misma, y si esta saga ha alcanzado un estatus de culto no ha sido gracias a las opiniones de su autor o las de sus detractores. La Saga de Ender es psicológica, fría y cruel. Es cerebral, crítica e imaginativa. Es filosófica, emotiva y alentadora. Si esos no son rasgos de una obra digna de leerse, no sé cuáles lo son.