Estaba postrada bajo una mesa. No era una situación anormal, puesto que llevaba así varios meses, desde que se la llevaron por la fuerza de su hogar y la arrastraron… allí. Un lugar denigrante a la vista, austero y pobre. Un lugar en el que ahora transcurría su vida, a no ser que la sacaran sólo para cargar con los trastos de sus captores; ciertamente, esos momentos lo eran todo para ella, ya que, aunque tenía que hacer de mula de carga, no estaba metida debajo de su ya descrita prisión. Una prisión que, por no ser, no era ni de madera. Eso era todo a lo que se reducía su vida ahora: a una tabla de plástico que se erguía del suelo con la ayuda de cuatro raquíticas patas. No entendía el por qué de ponerla bajo una mesa, pero así había sido todo este tiempo.

Claro, que eso no era lo peor: cuando creía que no podía superar su nivel de aburrimiento ahí abajo, aparecían los sujetos que la hacían desear volver a este estado de permanente hastío. Los presuntos dueños de la casa. Uno estaba la inmensa mayoría del tiempo fuera, mientras que el otro era raro que saliera en algún momento. Incluso había ocasiones en las que no estaban ninguno de ellos cerca, pero de poco le servían esos momentos, ya que no podía moverse por voluntad propia. Independientemente del tiempo que estuvieran dentro o fuera de la casa, ambos hacían lo mismo con ella: la sacaban de allí arrastrándola, hiriéndola, y se ponían encima de ella, aplastándola contra el suelo, durante horas. Daban igual sus gritos de dolor y angustia, ellos seguían torturándola, hiriéndola e ignorándola, lo que, al parecer, también hacían los vecinos de la casa. Ella sabía que era un piso, así que debería haber más inquilinos en el bloque, pero, al parecer, de poco le servía gritar todo lo que podía. Lo que fue su primera esperanza al entrar en su prisión, acabo sumándose a su cúmulo de furia vengadora y exterminadora.

Un día, sin embargo, sucedió algo nuevo al fin en su largo cautiverio. Percibió más tumulto del usual en la casa, y vio con sorpresa que había alguien más junto con sus opresores. Tras eso, solo oyó un sonido plástico y un golpe. Habían encerrado junto con ella a otra compañera de penurias. Reconoció en la recién llegada los rasgos que suponía que se reflejaban en ella el primer día que fue capturada: mirada perdida, encogimiento ante la situación en la que se encontraba, inconsciencia del entorno que la rodeaba… Trató de comunicarse con ella, pero pronto vio que sería en vano, así que decidió posponerlo para el siguiente día.

Claro que el siguiente día no fue para nada como lo tenía previsto. En efecto, la recién llegada se calmó, pero no en la forma que ella se lo esperaba: ahora estaba totalmente tranquila, sentada en un lado bajo la mesa, quieta, sin hacer nada. Por más que le intentaba dirigir la palabra, incitarla para rebelarse en contra de sus captores, ella la miraba como si estuviera loca, y de ahí pasó a ignorarla por completo. No se lo podía creer: su única compañera, alguien que estaba padeciendo lo mismo que ella, sencillamente, ¡se había vuelto en contra de sí misma! ¡Era, sencillamente, absurdo! Ahora, más que nunca, lo tenía bien claro… tenía que huir de allí, antes de que, por lo que fuera, olvidara todo su odio y rencor y acabara como el patético intento de persona en el que se había convertido su compañera de un día.

Notaba que cada vez se volvía más paranoica. No encontraba situación alguna para escapar, ya que, incapaz de moverse como estaba, necesitaba de la ayuda de alguien más. Y, por supuesto, la tipa de al lado no iba a servir de mucho. De algún modo, tenía que liberarse, correr y, si podía, herir o matar a alguno de los que la habían encerrado allí, bajo esa absurda prisión.

Todo su miedo se transformaba en odio e ira. Su rencor le daba un motivo para no rendirse. Su furia le daba fuerzas para seguir adelante. No podía esperar más, tenía que lanzarse, pudiese o no, hacia una salida, y destrozar todo aquello cuanto estuviera en su camino a la liberación y a la justa venganza. ¡Cual ángel exterminador, arremetería contra sus captores sin piedad ni vacilación alguna!

Lo que ella no veía, ni vería nunca, es que siendo un respaldo de madera unido a cuatro rígidas patas, poco podía hacer.

Donro